Hoy no será de golf. Hoy no tendrá que ver con lo que pasó en Inglaterra. Hoy estará destinada esta columna para agradecerle a la selección argentina por lo hecho, no ayer, donde fue superada en todos los aspectos por España, sino por lo que ha hecho en los últimos 7 años.
Hay equipos que solo ganan. Hay equipos que, además de ganar, enamoran. Esto es lo que me pasó con este equipo argentino.
Un equipo que se reconstruyó de las cenizas que habían quedado después de Rusia 2018, en una de las peores actuaciones que se recuerden, sobre todo por lo que sucedía en el banco de suplentes, con un payaso dirigiendo la orquesta que desafinaba. Un inexperimentado técnico tomó las riendas y fue basureado por todos los genios que, con un micrófono en la mano, se encargaron de destrozarlo. El hombre no escuchó y empezó la reconstrucción. De a poco un grupo de jugadores empezó a entender que había que rodear al genio para que el genio se sintiera a gusto. Así fue. Los resultados empezaron a llegar, el maleficio se terminó en el Maracaná y, a partir de allí, fue uno de los mejores, probablemente el mejor, ciclos de un equipo argentino en toda la historia de nuestro fútbol.
Ayer, en el mismo estadio que 10 años atrás lo vio llorando y anunciando el retiro de la selección, el mejor jugador de todos los tiempos vivió una gran desilusión. Esta vez importa, como siempre; duele, como siempre, pero de una manera muy diferente a aquella de 2016. No se pudo completar el sueño que hubiera sido el broche de oro para un equipo inolvidable. El domingo en New Jersey seguramente habrá terminado un ciclo para el genio y para varios más de estos jugadores que dejaron el alma en cada partido. Espero que el recibimiento en Argentina sea parecido al de cuatro años atrás. Este equipo se lo merece.
Gratitud eterna.


