Hace poco más de un mes falleció a los 59 años Diego Ventureira. Quizás para muchos de ustedes un nombre totalmente desconocido, pero para los que tenemos algunos años más y pasamos mucho tiempo en el San Isidro Golf Club fue un golpe durísimo.
Una vez cada mucho tiempo aparecen jugadores como fue Diego. No solo de golf, porque durante su escuela secundaria también era un fenómeno en el rugby y el fútbol. Esos tipos a los cuales les tirás cualquier pelota y salen haciendo malabares, pero el golf fue el deporte que más lo atrapó.
Fue campeón argentino de menores de 18 años en 1983 y tres años más tarde ganó el Campeonato Argentino de Menores de 21 y el Campeonato Argentino de Aficionados en Olivos.
Para que entiendan cómo era el personaje basta una anécdota. El torneo de menores de 21 se disputó en Sierra de la Ventana en marzo y el verano había sido extremadamente seco. La cancha tenía muy poco pasto, tanto que se decidió jugar con lie mejorado. Diego sostuvo siempre que tocar la pelota con la mano estaba fuera del espíritu del juego y decidió que no iba a utilizar la regla que permitía acomodarla. Terminó ganando por cuatro golpes a Ricardo Marzoratti sin haberla acomodado ni una sola vez.
Ese mismo año, 1986, ganó su único campeonato del club en San Isidro y fui yo quien lo sufrió en la final. El partido fue parejo a la mañana, pero en los segundos 18 prendió el turbo y me dejó en el 12.
No jugó mucho más en Argentina porque partió a Estados Unidos a probar suerte en el golf universitario. Sus primeros dos años fueron complicados; la repentina muerte de su padre le pegó fuerte, pero cuando cambió de universidad todo mejoró. Ganó el NCAA de División II jugando para Columbus y llegó a los cuartos de final del Western Amateur, el campeonato más importante de ese país luego del US Amateur. En este último llegó en un par de oportunidades a la etapa de match play.
Tanto era el respeto que los demás jugadores le tenían que a fines de la década del 90 Phil Mickelson le preguntó en alguna ocasión a Eduardo Romero por Diego. Sorprendido, el “Gato” le dijo que estaba jugando muy mal, a lo que el zurdo respondió: “No puede ser, debe ser otro jugador al que te estás refiriendo”.
Luego de terminar sus estudios, Diego se embarcó en una serie de cambios en su swing que nunca dieron resultado y le generaron tal desconfianza que terminó dejando de jugar. Sin dudas fue un hecho frustrante en su carrera, pero de a poco encontró otra pasión: la enseñanza. Sus tres sobrinos, hijos de su hermana Nora, fueron su debilidad y a todos los formó como muy buenos jugadores (Valeria fue campeona argentina y todos campeones del club en San Isidro).
Créanme cuando les digo que Diego Ventureira era crack. Quizás el hecho de compartir nombre y fecha de nacimiento con el Diego más famoso haya tenido algo que ver. No lo sé, pero era diferente.
Compartimos nuestra primera Copa Los Andes allá por 1985 y, como éramos del mismo club, nos tocó juntos en la habitación. Hasta ese momento yo pensaba que era muy desordenado, pero Diego también era crack en el desorden. El cuarto parecía un campo minado donde no se podía caminar, pero los dos encontrábamos todo. Lo importante fue que nos trajimos la copa para Argentina.
Alguna vez lo tenté para que hiciera televisión. Siempre pensé que podría haber sido un gran analista de golf, pero por esas cosas del destino nunca se concretó. Diego veía el golf desde un lugar distinto y esa visión hubiera sido enriquecedora para los televidentes.
Nuestra última charla fue durante el San Isidro Invitational en diciembre pasado, cuando en el asado final nos sentamos juntos a hablar de todo lo que se puedan imaginar acerca del golf.
Mi tristeza es absoluta.
Un apasionado de lo que hacía.
Alguien que nos dejó mucho antes de tiempo.
Hasta siempre, crack.
